I. La huída de Íbama
Transcurría el año de 1948. En aquella época, un pueblo colombiano era o conservador (godo) o liberal (cachiporro) y la gente, fervorosamente, tenía filiación en un partido o el otro, muchas veces sin siquiera saber por qué, algo heredado de familia. Íbama, una inspección de policía perdida en las montañas de Cundinamarca y parte del municipio de Yacopí, era liberal, y allí vivía mi abuelo materno y su familia. Era un tipo importante, dueño de farmacia, tienda y ganado y se desempeñaba como educador. Pero eso duraría poco. Tras el bogotazo, la violencia se extendió por todos los lugares del país como una bola de nieve. Los liberales clamaban venganza por el asesinato de su carismático líder, Jorge Eliécer Gaitán, y cuando los incendiarios e irresponsables discursos de la radio llegaron a Íbama, el terror que se apoderaba del país llegó de bofetada a la familia, ya que mi abuelo era godo. Apenas se supo la noticia, él, mi abuela (con 6 meses de embarazo), sus 2 hijos y 2 primos no tuvieron otra más que esconderse.
Duraron un par de días aterrorizados, escondidos en el último rincón de la casa. En un pueblo pequeño donde todos se conocen, la turba rápido llegó a buscarlos para lincharlos. Cuentan que los 3 polícias de la inspección se interpusieron y mi tía, a sus 10 años, tuvo que escuchar cómo mataban a machete a los disminuidos policías. Más tarde en la noche, cuando todo se calmó, rápidamente huyeron a la casa de un amigo liberal, otra persona muy influyente y respetada en el pueblo que les tendió la mano, consciente de que los amigos lo son independientemente del color. Allí duraron escondidos varios días, muertos del miedo. Eventualmente la gente del pueblo se enteró del escondite de los godos y con antorchas nuevamente fueron a lincharlos. Cuando llegaron a la casa, el tipo firmemente se plantó en la puerta diciendo que para linchar a mi abuelo primero tenían que matarlo a él. Logró calmar los ánimos, pero era claro que tenían que irse del pueblo.
Salieron esa misma noche, a las 2:00 AM aproximadamente, a escondidas y haciendo el menor ruido posible. Una mula llevó a mi abuela embarazada, y el resto caminaron, toda la noche, hasta el municipo de La Palma, a unos 16 Km. Lo dejaron todo, las posesiones, a mi bisabuelo, y a otrora amigos hechos energúmenos gracias al fervor partidista. Allí siguió el martirio, ya que debían encontrar un pueblo conservador donde pudieran olvidar un poco su filiación política. Eso los llevó a Tobia, otra inspección perteneciente al municipio de Nimaima, hoy flamantemente promovida como sitio turístico para practicantes del rafting y el trekking, pero en aquella época era un rincón del mundo perfecto para esconderse y reconstruir todo lo perdido. El tiempo pasó y efectivamente Colombia, a pesar del terror, seguía siendo una tierra fértil y mi abuelo pudo reconstruir mucho de lo perdido. Así recuperó el negocio de la farmacia y la tienda y con eso se mantuvieron muy modestamente, pues la pobreza reinaba en el campo, tal como ahora.
II. La caída de Íbama
Fue aquí donde la Íbama que los desterró volvería a ellos de la forma más inesperada. En 1950 el conservador y ampliamente conocido fascista Laureano Gómez llegó al poder, aprovechando la división que causó el gaitanismo en el partido liberal y el desequilibrio causado por el bogotazo 2 años antes. Fiel a su ideología y yendo un poco más lejos que su antecesor, Mariano Ospina, asumió poderes casi dictatoriales para enfrentar a sangre y fuego a los liberales. Frente a un ataque al corazón, en 1951 decidió dejarle la presidencia a su esbirro, Roberto Urdaneta, pero las órdenes al ejército eran claras: había que arrasar con los liberales. Fue en este contexto que el 1 de diciembre de 1952 entró un grupo del ejército a Íbama, ordenaron a todos los habitantes salir a la plaza principal. Ante el terror y lo inexplicable del momento, los militares ordenaron a las mujeres y los niños abandonar el pueblo, asegurando que luego de comunicar algo a los hombres del pueblo estos las seguirían. Las mujeres desconcertadas no pudieron hacer más que acatar las órdenes, dadas a gritos.
Fueron unos 30 hombres los que se quedaron en la plaza principal viendo partir a sus seres más queridos hacia lo desconocido. Uno de estos fue reconocido por uno de los soldados. Éste al verlo se quedó pensando en una forma para alejarlo del lugar y salvarlo. Le dijo que le trajera unos cigarrillos. Al poco tiempo, muy diligente, llegó el tipo con el encargo para sorpresa del soldado amigo. Entonces le pidió unos fósforos. El tipo sin entender nada nuevamente volvió rápido y ya frente a eso el soldado no pudo inventar más excusas. Los militares, en una práctica muy extendida por el territorio, ordenaron a los hombres organizarse en fila. Fue ahí cuando levantaron los fusiles y en improvisado paredón empezaron los disparos. El amigo del soldado dejó la fila aterrado y se dió a la huida. Dice que sentía, como en las películas, los sonidos de las balas impactando cerca de sus pies mientras atravesaba cercas de alambre y la espesa vegetación que inunda nuestro país. Corrió y corrió hasta el cansancio, como 2 horas según asegura, encontró una cueva y ahí pasó el resto del día con el corazón a punto de estallar.
Por otro lado una pareja, amigos de mi abuelo, que vivía en las afueras a unos 15 minutos de la plaza, alcanzaron a escuchar la balacera y posteriormente vieron la humareda negra en la lejanía y un olor a café inundó todo el lugar. Asustados y enterados por rumores de lo que ocurría en el país entendieron lo que pasaba y determinaron tomar lo que pudieran y huir a La Palma junto con sus 2 hijos pequeños, antes de que llegaran por ellos.
Cuando el tipo de la cueva sintió en su corazón que todo había acabado, con las ropas rasgadas por la vegetación, decidió volver al pueblo a ver qué había pasado. El panorama fue totalmente desolador. Era un pueblo fantasma, habían destruido e incendiado todas las casas. El caserío había sido borrado del mapa. En la plaza principal yacían 28 hombres abaleados. Entre ellos se encontraba mi bisabuelo, quien mostraba signos de tortura al tener sal en las heridas y varios disparos. Esto hace suponer que la misión no transcurrió ni rápida ni fácilmente.
Para la pareja que huía del pueblo la cosa fue similar. En su peregrinación pasaron por otro pueblo de filiación liberal y la historia había sido la misma. Cuando atravesaban rápidamente el lugar, la niña pequeña inocentemente preguntó qué hacían todos esos señores durmiendo en el piso.
III. Desplazados, todos.
Fue así que, cuando mi mamá apenas tenía escasos 6 meses, la familia atónita vió llegar a Tobia, a lo largo de varios días, a varias madres ahora cabeza de familia seguidas por sus hijos, que lo único que llevaban era lo que tenían puesto, junto con el terror y la certeza de haber escuchado a lo lejos lo que había sucedido. La familia acogió a los amigos, nuevos desplazados, y mi abuela se dió a la tarea de cocinar durante varios meses para una cantidad increíble de gente, familiares de otrora amigos a los que ahora el país les llevaba la violencia directamente a la cara y de la peor forma posible. Poco a poco todos tomaron camino, casi siempre hacia Bogotá. Varios años después, en 1963 fue a mi familia a la que le tocó emigrar a Bogotá, cuando las torrenciales aguas del río Tobia (donde hoy se hace rafting) crecieron a proporciones bíblicas y arrasaron con todo el pueblo, con el puente que unía al pueblo y con las posesiones y recuerdos de muchos. La familia lo perdió todo una vez más, menos la vida, gracias a que coincidencialmente habían ido a Bogotá por mercancía. En Colombia, si no es una cosa, es otra. Volvieron a Tobia pero no pudieron salvar nada, tuvieron que establecerse finalmente en Bogotá. En estos días la historia se repite, pero para el vecino pueblo de Útica.
Esta es una historia más de desplazados casi anónimos, de madres convertidas en cabeza de familia por la fuerza, de hombres asesinados sin razón, en un país indiferente que ve como se acumulan antiguos campesinos en los barrios más pobres y sin preguntarse absolutamente nada, sin ubicarse en el país en que viven. Laureano Gómez siguió en el poder a través de Urdaneta hasta el golpe de estado ejecutado por el general Gustavo Rojas Pinilla en 1953, pero siguió como líder del partido conservador hasta su muerte en 1965. Aquí no solo descansó Gómez, también lo hicieron los ibameros sobrevivientes y muchísimas otras víctimas de la violencia partidista.
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