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Saturday, January 19, 2013

1. Aprendiendo a volar


De la serie "Historias de programación"

Se estrenaba a finales de 1969 el famoso edificio de Avianca, en su época el rascacielos más alto de Suramérica con sus 37 pisos desde el suelo. Bermudez y Valenzuela, establecida compañía del sector financiero -que murió intervenida en el 99-, encargó a una persona de confianza la mudanza y organización de sus oficinas, ubicadas en el edificio de El Tiempo, hacia el emblemático edificio.

El edificio se encontraba vacío la mayor parte del tiempo debido a que apenas se ultimaban detalles de mundanza o de compra de pisos y oficinas, por lo que el ascensor se podía tomar desde la primera planta hasta el piso 27 -donde se ubicaría la compañía- en un solo viaje. La primera vez que el tipo tomó el ascensor hacia el 27 sintió un extraño mareo, pero de bajada se transformó en vacío. Era un "rascacielos", se debía poder ir a los pisos altos en un corto tiempo para que fueran funcionales, por lo que la velocidad era alta y la tecnología no dio para presurizar completamente el elevador. La mudanza era un proceso de varios días, que implicaba toda una logística de planeación, de empaque y clasificación, y aunque se cambiarían muebles utilizados desde la fundación de la compañía en los años 20, eran tantos los muebles y archivos (y pesados ya que en la época se usaban materiales más reales y menos livianos, y claro, los documentos eran físicos, nada de computadores ni memorias de bolsillo de GBs). El tipo tendría que llevar a cabo dicho trayecto muchas veces a lo largo del proceso de mudanza, subir 27 pisos a pie varias veces al día no era una opción. Tendría que soportar el mareo y el vacío, adoptar alguna estrategia, acostumbrarse. 

El proceso duró un mes.

Eventualmente el tipo llega a su casa y cae muerto de sueño. Sueña que está en el edificio, pero en vez de bajar por el ascensor, sintiendo el vacío, cree que puede llegar más rápido si se lanza por la ventana. Resulta que puede volar. Vuela, entonces, por el centro de la Bogotá de los años 60, visita su casa en la Concordia alta, revolotea alrededor del gran árbol en el centro de uno de los amplios patios de su casa de estilo colonial, antes de subir de nuevo y recorrer el centro de la ciudad hasta sus confines, la iglesia de San Diego. En realidad podía escoger a donde ir y sabía qué sentía si subía o bajaba muy rápido. Era feliz, antes de darse cuenta que no tenía absoluta idea de cómo parar.

La velocidad de vuelo le hacía levantarse una vez iba acercándose al suelo, evitar paredes era difícil. Tenía miedo. Terminaba arriesgándose a darse un buen porrazo, pero el estrés era tal que terminaba despertándose. Unas cuantas bocanadas profundas de aire para controlar la taquicardia y de nuevo al edificio a trabajar. Así transcurrieron los días mientras intentaba resolver el problema de la mudanza. Día tras día aprendía nuevas cosas en el aire, pero siempre su miedo era aterrizar. Era casi un trauma, una fobia. Pero tenía que hacerlo, volar. Pronto notó que estaba siendo entrenado en las artes del vuelo humano. Era en cierta forma el elegido.

Es así como se desdibujan realidades, la mente humana sometida a su naturaleza de ente creador de estas, consciencia e inconsciencia como simples escenarios en los que se inyecta la mente humana para ver cómo reacciona, las reglas son las mismas y el escenario es igual, la ciudad, el edificio, la compañía, el traje, la tarea. ¿Será el primer hombre capaz de volar? ¿Qué haría si lo es? Ya no distingue realidad de sueño, lo creado por las mentes conscientes en conjunto y la realidad que una sola mente distorsiona a gusto conforme a lo que conoce, a lo que desea, a lo que teme. Se acerca a uno de los grandes ventanales, como todos los días, como todas las noches. Esta vez no abre, está firme, no hay salida. No hay total libertad de creación, no puede violar lo colectivo, pero no lo sabe, no podría notarlo. Es capaz de volar, pero para hacerlo, ¿deberían todos también creerlo férreamente? Tendría que subir a la terraza y comprobarlo por sí mismo.

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